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Hace 10 horas
Porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe. (LUIS CERNUDA)
Los vampiros y todo lo que les rodean parecen estar más de moda que nunca, pero basta echar un vistazo al pasado, para darse cuenta de que lleva siglos siendo un fenómeno de masas. La antología El vampiro editada por Siruela propone un viaje por la literatura más clásica (esencialmente el siglo XIX) hasta los primeros años del XX. Relatos como No despertéis a los muertos de J.L. Tieck, abren un género que se mueve entre lo fantástico y lo romántico, pero siempre desde el lado del terror. Estos vampiros no son nada agradables, de hecho se refuerza la idea de que se trata de muertos vivientes que han perdido todo vínculo con su pasado y a los que lo único que les mueve es el ansia de sangre. No podían faltar El vampiro de Polidori, el relato que impuso la imagen del vampiro como noble cruel; la magnífica Drácula de Bram Stoker; o el vampirismo con toques lésbicos en Carmilla de Sheridan Le Fanu. En medio, Vampirismo de Hoffmann como representante del romanticismo alemán; Poe y su inquietante Berenice, con un impresionante final que nos lleva del terror a la hilaridad; La muerta enamorada de Gautier; Varney,el vampiro de Rymer; Las metamorfosis del vampiro de Baudelaire o El conde Magnus de M.R. James. Destacaría además La familia del Vudalak de Alexei Tolstoi (primo del autor de Guerra y paz), que consigue dentro del clima de pesadilla momentos de un humor increíble; o la originalidad en el tratamiento de la temática vampírica por Horacio Quiroga en El almohadón de pluma y Porque la sangre es la vida de F.M. Crawford, que recupera la atmósfera romántica y gótica del vampirismo pero actualizándola a nuestros tiempos. Una gran selección de grandes autores, no sólo imprescindible para conocer la literatura en torno a los vampiros, sino la literatura de terror en general, y una excelente muestra de lo grande que puede llegar a ser un pequeño relato.
Por fin podemos visitar el Museo del Romanticismo de Madrid tras años cerrado por reformas, desde hoy hasta el domingo día 6, las visitas serán gratuitas, y a partir de entonces, de tan sólo 3 euros. Una oportunidad así no podía perdérmela, así que esta mañana estaba allí a las 10 para ver qué había de tanta expectación. Y la verdad es que merece la pena, mucho más que eso, a partir de ahora debería ser una visita obligatoria para todos los que se acerquen a Madrid. Por un lado, tenemos el edificio que lo alberga, un palacio neoclásico construido en 1776 de una belleza increíble. El palacio está perfectamente ambientado, al pasear por sus habitaciones podemos imaginar cómo vivían en él, al recorrer su pasillos nos vemos inmersos en tantas y tantas novelas que hasta el momento sólo habíamos podido imaginar y que ahora podemos vivir. Por mi cabeza no dejaban de pasar las obras de románticos como Goethe, Austen, Brönte... o nuestros Bécquer, Zorrilla o Larra, que por supuesto tienen su lugar en el Museo. Encontramos la típica escalera señorial que nos conduce a distintas estancias como el salón de baile, el comedor donde la porcelana y la cristalería están perfectamente colocadas a la mesa como si de un momento a otro fuese a sentarse a comer una familia decimonónica, el boudoir -donde por fin he podido ver cómo eran los carnets de baile que aparecen en tantas novelas-, la sala de juegos de los niños -con increíbles casas de muñecas, soldaditos de plomo, muñecas de porcelana...-, el fumador o la sala de billar, por citar sólo algunas de ellas. Pinturas de Goya, Madrazo, Esquivel y Valeriano Domínguez Becquer, hermano del famoso poeta; muebles de ensueño; pequeñas piezas como porcelanas, relojes, figuritas...
San Gregorio Magno de Goya, en el oratorio
No puedo ocultar mi entusiasmo por Yasmina Khadra, pseudónimo femenino tras el que se esconde el escritor argelino Mohammed Moulessehoul. Había leído ya El atentado, Lo que sueñan los lobos y Los corderos del señor, obras que me habían impresionado profundamente. Sin embargo, Las golondrinas de Kabul va más allá, puedo decir que hasta el momento es mi obra favorita de Khadra, una novela corta pero de una gran intensidad, donde conviven los opuestos con total naturalidad: el amor y el odio, la poesía y la brutalidad. El autor nos introduce en la vida cotidiana de dos parejas que viven en el Kabul infestado de talibanes. Un carcelero que ya no ama a su mujer enferma, y una pareja de jóvenes licenciados que han visto como su vida ha sido rota en pedazos por los fanáticos. La novela es de una crudeza y un realismo escalofriantes, cómo los niños juegan a lapidar, cómo las ejecuciones públicas son algo totalmente asumido para los ciudadanos, y cómo cualquiera, y eso es lo que realmente produce un escalofrío porque podríamos ser nosotros mismos, se une a la barbarie aún sin quererlo. Una vez más, se demuestra que el hombre es un lobo para el hombre, y como ya sucediera en otras circunstancias extremas -la Alemania nazi o el conflicto de los Balcanes-, vecinos, universitarios, gente normal en definitiva y en apariencia cultos, se lanzan a la violencia y secundan a los que en un principio eran sólo un hatajo de criminales. L obra tiene un final demoledor y muy poético, que no voy a contar, pues supone un climax inesperado a todo lo que nos han contado antes. Es una novela fundamental, porque no sólo habla de Kabul o de los afganos, sino que refleja lo que viene siendo y será el ser humano, quizá si nos contemplamos en un espejo, logremos no caer en la tentación de unirnos a la masa y empezar a apedrear un cuerpo solo porque los demás lo hacen.
Son varias las exposiciones gratuitas que acoge estos días el centro cultural Conde Duque. De ellas me gustaría destacar la dedicada al fotógrafo César Lucas, que puede verse hasta el próximo 10 de enero de 2010. Este prestigioso fotoperiodista ha trabajado para medios tan diversos como las agencias de noticias Europa Press, el diario El País, o las revistas Life e Interviú, y colaboró con las productoras 20th Century Fox, United Artist o Metro Goldwyn Mayer, lo que le permitió fotografiar en los años sesenta y setenta a estrellas de la talla de Katharine Hepburn, Brigitte Bardot, Sean Connery, Raquel Welch, Yul Brinner, Romy Schneider, John Lennon, Billy Wilder, Clint Eastwood, Stephen Boyd o Buster Keaton.
Viendo sus fotos reconocemos muchas que todos hemos incorporado ya a nuestro imaginario de lo que ha sido España en la última mitad del siglo XX. Tanto es así, que da la impresión de que el fotógrafo ha estado en todos y cada uno de los acontecimientos importantes que vivió el país, desde las primeras manifestaciones, hasta el golpe del 23F, las ya citadas visitas de artistas famosos, pasando por el famoso desnudo de Marisol, que abrió las puertas al destape en la prensa española.
Es difícil quedarse sólo con una de las muchas imágenes recogidas en esta muestra imprescindible. Yo me quedo con esta insólita del Ché solitario por las calles de Madrid.
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