domingo, 12 de julio de 2009

La muerte de un viajante: el fin del sueño americano


Que Mario Gas es un director excepcional sobra decirlo, ya lo demostró en su anterior puesta en escena de Las Troyanas, un montaje absorvente en el que veíamos cómo una obra escrita en el 415 a.c. por Eurípides, sigue estando de plena actualidad en nuestros días. Menos lejana en el tiempo es La muerte de un viajante de Arthur Miller, estrenada por primera vez en 1949. En ella se cuenta la caída a los infiernos de Willy Loman, un viajante o vendedor de 60 años, que se da cuenta de cómo el sueño americano en el que creía fervientemente, acaba devorándole. Lo peor de todo, es que vemos que ese infierno en el que se encuentra lo ha creado él mismo. La crítica al sistema capitalista deshumanizador es demoledora: "No puedes comerte una naranja y luego tirar la piel. No soy una fruta", grita desesperado Loman cuando ve cómo después de tantos años de trabajo y sacrificio, nadie se acuerda de él, la empresa le echa, y todo en lo que había creído se esfuma sin más. Lo trágico de este personaje es que lo tiene todo: dos hijos que le adoran y una mujer que le ama y apoya en todo momento, pero está tan obcecado con triunfar y ser alguien, que no aprecia lo único importante que tiene la vida: la gente que le quiere. La obra trata otros muchos temas como el conflicto entre el padre y el hijo, en el que el primero pone todas sus esperanzas y sueños no alcanzados, al que idealiza sin darse cuenta de que es un ser humano más, con sus miserias como todos, y que no alcanzará tampoco el sueño americano como le pasó a él. El montaje, que puede verse en el Teatro Español de Madrid, dura tres horas, la primera quizá se haga un poco más densa, pero la segunda parte corre veloz hacia un desenlace que desde un primer momento intuimos trágico. Los actores son excepcionales, la mayor parte de ellos provenientes del mundo del doblaje. La puesta en escena es un personaje más de la obra, cuidado hasta el último detalle, con proyecciones de imágenes de la época, y en el suelo, la carretera inmensa y desoladora, el camino que recorremos y que no siempre lleva a algún sitio.

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