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lunes, 22 de agosto de 2011

'París era una fiesta' de Ernest Hemingway


Título: París era una fiesta (A moveable feast)
Autor: Ernest Hemingway
Editorial: Seix Barral (marzo 2005)
Año de publicación:1964
Páginas: 192
14,50 euros 

"Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue".

Con este fragmento de una carta que Ernest Hemingway escribió a un amigo en 1950 se abre París era una fiesta. Después de ver la maravillosa Midnight in Paris de Woody Allen, París era una fiesta de Ernest Hemingway pasó a ocupar los primeros puestos de mis lecturas deseadas. Hemingway es un autor con el que nunca he hecho buenas migas, su estilo nunca ha acabado de convencerme, ni Por quién doblan las campanas, ni El viejo y el mar, ni Adiós a las armas, terminaron de convencerme. Con París era una  fiesta he conocido a otro Hemingway, un Hemingway que me ha cautivado trasladándome a los cafés parisinos de los años 20, donde una multitud de artistas e intelectuales buscaban inspiración: el propio Hemingway, Scott Fitzerald y su esposa Zelda, Sylvia Beach, Ezra Pound, Ford Madox Ford, Gertrude Stein, entre otros, desfilan por estas páginas con una ciudad bohemia en la que todo es posible de fondo.  Paseos junto al Sena, cenas de ostras y vino o cerveza muy fríos, cafés somnolientos en los que escribir unas líneas antes de unirse a un loco viaje a Lyon. Más que una novela, París era una fiesta es un conjunto de retales de una vida, recuerdos que el escritor fue juntando ya mayor cuando vivía en Cuba, los últimos recuerdos poco antes de morir, de los que sin duda fueron algunos de los días más felices de su vida. París era una fiesta es una experiencia sensorial que nos traslada completamente a aquel lugar y época.  

 
 Hemingway y Sylvia Beach en las puertas de la librería Shakespeare & Cº de París

El libro está lleno de conversaciones chispeantes, de frases realmente inmensas como la que le dice Gertrude Stein a un joven Hemingway: "Debería usted leer sólo lo verdaderamente bueno o lo francamente malo". O los planes que propone Hemingway a su primera esposa Hadley: "Volveremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos vino de Beaune de ese de la cooperativa de enfrente que marca el precio en el escaparate. Y luego leeremos un rato y nos iremos a la cama y haremos el amor". Frases que dan que pensar: "Todo lo bueno y todo lo malo deja un vacío cuando se interrumpe. Pero si se trata de algo malo, el vacío va llenándose por si solo. Mientras que el vacío de algo bueno sólo puede llenarse descubriendo algo mejor".  

 Francis Scott Fitzgerald y Zelda

Ernest Hemingway formó parte de la llamada Generación perdida, un grupo de escritores norteamericanos que vivieron en París y otros países europeos entre el final de la Primera Guerra Mundial hasta la Gran Depresión. Entre ellos se encuentran también Jon Dos Passos, Ezra Pound, Erskine Caldwell, William Faulkner, John Steinbeck y Francis Scott Fitzgerald. Si os apetece viajar en el tiempo al París bohemio de los años 20 no dudéis en leer esta breve novela y acompañad a un joven Hemingway que exprimía cada día lo mejor de la vida.

miércoles, 1 de junio de 2011

'Midnight in Paris' de Woody Allen



¿Sabéis cuando una película te enamora perdidamente desde el principio hasta el final? ¿Cuando adoras a su protagonista y querrías conocerle en la vida real? ¿Cuando te metes tanto en la historia que desearías poder entrar en la pantalla y vivirla personalmente? Eso mismo es lo que me ha pasado con la nueva película de Woody Allen, Midnight in Paris. Una película para la que no tengo calificativos suficientes, si os dijera que es maravillosa, divertida, inteligente, romántica, única, me estaría quedando corta. Sin duda, se ha convertido automáticamente en una de mis películas favoritas de Allen. ¿Demasiado entusiasmo? Puede ser, no son pocos los que me conocen y afirman que soy demasiado radical en mis gustos, lo que me gusta me encanta, lo que no, lo detesto. Quizá tengan razón. Woody Allen se encuentra entre mis directores favoritos, hasta el momento no ha habido ni una sola película suya que no me haya gustado (bueno, menos Vicky, Cristina, Barcelona, de la que prefiero pensar que no es de él y borrarla de mi mente), así que quizá mi opinión sea poco objetiva. Eso si, os puedo asegurar que toda la gente que salió el lunes del cine, lo hizo entregada con la película y con comentarios de lo más entusiastas.


Volviendo al film en si, Midnight in Paris nos sitúa en el París más bello que podáis imaginar, Allen utiliza unos planos y elige unas localizaciones que os enamorarán al instante de la capital francesa tanto si ya habéis estado allí como si no. Gil (Owen Wilson) es un escritor que se encuentra unos días en París con su prometida Inez (Rachel McAdams). Gil es un romántico, está profundamente enamorado de París, quiere trasladarse a vivir a una buhardilla de esta ciudad, le encanta pasear por las calles, especialmente bajo la lluvia, rebuscar entre los libros y discos de viejo, y desearía poder vivir en el París de los años 20 junto a algunos de sus escritores y artistas favoritos. Inez sin embargo es materialista y pragmática, sueña con vivir en la lujosa y amplia casa en Malibú. En vez de disfrutar de París, se dedica a salir a bailar a clubs, ir en taxi a todas partes, cenar y dormir en hoteles de lujo e ir de tiendas. Inez prefiere escuchar la cháchara pedante de su amigo Paul (Michael Sheen), quien es capaz de contradecir a una guía turística (una correcta, pero con un brevísimo papel, Carla Bruni) que pasear o charlar junto a su prometido. Una noche, al sonar las campanadas de medianoche, Gil se verá trasladado al París de sus sueños, al de los años 20 donde conocerá a Scott Fitzgerald y a su mujer Zelda, a Dalí, Picasso, Buñuel, Man Ray, Gertrude Stein, T.S. Eliot o Hemingway, entre muchos otros artistas e intelectuales.


Sin duda, los mejores momentos de la película son esos increíbles viajes al pasado. Cuánto me gustaría poder hacer algo así, aunque me costaría bastante elegir solo una época o un lugar. Las referencias a la literatura y el arte son constantes, y Gil vive esas noches como el gran regalo que son, por fin puede charlar con su admirado Hemingway quien le asegura que se sabe si es amor verdadero si al hacer el amor con la persona amada se pierde el miedo a morir, porque por un momento nos sentiremos inmortales; mostrarle su obra a Gertrude Stein (Kathy Bates); escuchar en directo a Cole Porter; admirar junto a Matisse sus cuadros; mantener un diálogo surrealista con Man Ray y Dalí, bajo la atenta mirada de Luis Buñuel; o enamorarse de una de las musas y amantes de Picasso, la adorable Adriana (Marion Cotillard).


Allen ha conseguido además que me enamore de Owen Wilson, o más bien de su personaje, ya que hasta ahora era un actor al que no soportaba. Sin embargo, Gil, con sus dudas, con su gusto por los viejos vinilos, por los clásicos de la literatura, por perderse por las calles de París y pasear bajo la lluvia, me ha hecho reconciliarme con este actor que espero aproveche la oportunidad que le ha brindado Allen y deje las absurdas comedias a las que nos tiene acostumbrados, ya que realmente tiene madera de actor. La otra gran joya de la película es la siempre chispeante Marion Cotillard, gracias a la cual, Gil se dará cuenta de que no podemos vivir siempre de nuestros sueños, y que la ilusión de que cualquier otra época pasada fue mejor, es tan solo eso, una ilusión provocada por la propia insatisfacción que la misma vida nos produce. 


Lo que más me gusta de Allen es la facilidad que tiene para hacerme salir del cine con una sonrisa en los labios, mucho más feliz, como en una nube en la que creo que todo es posible, que puedo conseguir lo que quiera y que los sueños, si se persiguen, pueden hacerse fácilmente realidad. Está claro que os animo a verla ¿verdad?

lunes, 10 de mayo de 2010

El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, una amarga historia de amor en los felices años 20

El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald es una de las novelas estadounidenses más importantes del siglo XX, tanto, que es lectura obligada en muchos institutos y universidades, y aparece siempre en los numerosos listados que se hacen recomendando las mejores novelas de todos los tiempos. A pesar de ello, son muchos los que conocen más la historia a través de la brillante adaptación cinematográfica que llevó a cabo Jack Clayton en 1974 protagonizada por un maravilloso Robert Redford -ningún otro podría haber hecho mejor el papel de Jay Gatsby- y una bellísima Mia Farrow. Es cierto que pocas películas consiguen la fidelidad que se consiguió con ésta respecto a la novela, incluyendo diálogos enteros directamente extraídos del libro, y que además consigue no perder ni un ápice de interés, incluso cuando incluye algunas diferencias respecto al original. En este caso, película y novela, son totalmente complementarias, pues tanto una como otra son verdaderas obras de arte. Volviendo a la novela, El gran Gatsby se publicó en 1925 y retrata los felices y despreocupados años 20, llenos de fiestas y alcohol, a pesar de haberse iniciado la Prohibición, del creciente crimen organizado de manos de bandas de gánsters, de la corrupción política y de la especulación, que llevarían años después al terrible crack del 29, acabando con los sueños de opulencia de toda una generación. El narrador de la historia es Nick Carraway, un modesto trabajador, a través de cuyos ojos conocemos a su vecino, Jay Gatsby. Éste es un joven millonario del que corren mil historias sobre su oscuro pasado del que nadie sabe nada, su gran mansión acoge multitudinarias fiestas todas las noches, pero él prefiere estar solo. A pesar del dinero y del lujo, Gatsby tiene una única obsesión, recuperar a su amor de juventud, Daisy -prima de Carraway-, quien acabó casándose con otro hombre más rico cuando Gatsby no tenía nada y tuvo que alistarse para luchar en la I Guerra Mundial. Se trata en definitiva de una historia de amor, en absoluto romántica, sino muy amarga, lo que la hace aún más real y cercana.