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jueves, 25 de abril de 2013

'Invisible' de Paul Auster


Título: Invisible (Invisible)
Autor: Paul Auster
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
Editorial: Anagrama edición Círculo de Lectores (2009)
Año de publicación: 2009
Páginas: 277
Precio: 16,50 euros


No haber intervenido es con mucho la cosa más reprensible que he hecho nunca, el punto más bajo de mi andadura como ser humano. No sólo permitió que un asesino quedara impune, sino que tuvo el insidioso efecto de obligarme a afrontar mi propia debilidad moral, a reconocer que en ningún momento había sido la persona que yo creía ser, que era menos bueno, menor fuerte, menos valiente de lo que había imaginado ser.

Me declaro fan absoluta de Paul Auster, comencé a leer sus obras hace años con El país de las últimas cosas y quedé tan impactada por esa novela, que aún a día de hoy sigue siendo una de mis favoritas del autor, que continué sin descanso con las magníficas Leviatán, La música del azar, Mr Vértigo, El libro de las ilusiones o El palacio de la luna. Quizá fuera culpa mía por haberme entusiasmado tanto con un autor y haber leído en tan poco espacio de tiempo tantas obras suyas, o quizá es que sus primeras obras tenían una magia especial que le faltan a las últimas, pero de pronto, La noche del oráculo, Brooklyn Follies o Viajes por el Scriptorium me empezaron a parecer una repetición continua del mismo tema, los mismos personajes y situaciones, tanto que si me preguntarais por ellas no recordaría exactamente el argumento, mientras que de las primeras novelas que leí de él, aunque haya pasado más tiempo, guardo un recuerdo muy nítido y detallado. Hace poco me reconcilié con el autor con su Diario de Invierno que reseñé aquí, sin embargo, se trataba de un libro de memorias, muy a su manera, pero una biografía al fin y al cabo, que permitía adentrarse no solo en su vida sino en muchos personajes y momentos de su obra. Es por todo esto que me embarqué en la lectura de Invisible con reticencias, no tenía claro que una novela suya, y más siendo de las más recientes, de 2009, fuera a gustarme. Y no es solo que me haya gustado, sino que me ha entusiasmado, he vuelto a sentir esa magia de Auster y ya estoy pensando en repetir, espero que no vuelva a entrarme una nueva fiebre con el autor, pero lo cierto es que vuelve a situarse entre mis favoritos.

Universidad de Columbia

Invisible nos cuenta los recuerdos de Adam Walker cuando era un joven estudiante en la Universidad de Columbia cautivado por el extremista e iracundo profesor Rudolf Born y su esposa Margot. Junto a ellos vivirá momentos decisivos, especialmente al ser testigo de un asesinato brutal y sin sentido, y al no haber estado a la altura de las circunstancias y haber actuado de una manera poco ética. Años después, espía esa culpa que le ha perseguido toda su vida, escribiendo unas memorias que van más allá de ese asesinato y esos personajes iniciales. Nuevos personajes se irán uniendo a la trama y viajaremos de Nueva York a París en lo que no es sino la biografía de Adam Walker ligada a esos personajes y a ese intenso año, 1967, donde además de ser testigo de un asesinato vivirá dos relaciones con mujeres con las que no debería estar pero que, ambas, cada una a su manera le dejarán huella. 


West End Avenue, Manhattan, Nueva York

Este libro tiene muchos puntos positivos pero querría destacar dos que me han cautivado especialmente, de un lado, una historia muy bien construida con personajes muy reales y a la vez lo suficientemente especiales para que no se hagan anodinos, la trama atrapa desde el primer hasta el último momento, con una historia que no podemos dejar de leer. Auster logra que la vida de su protagonista nos atrape tanto que queremos seguir sabiendo de él, qué pasó después de ese año 1967 tan accidentado y lleno de acontecimientos, y si volvieron a reencontrarse esos personajes. De otro lado, la magnífica prosa de Auster que cambia de persona hasta en tres ocasiones mostrándonos una vez más que es un autentico mago de la escritura, ya que su protagonista nos cuenta su vida en primera, segunda y tercera persona sin que decaiga el ritmo en ningún momento. Además, encontramos un recurso ya habitual en Auster, pero que nos por ello deja de funcionar a la perfección, y es el de las historias dentro de las historias, como muñecas rusas. Personajes que nos van contando una historia dentro de la historia principal, y que dan su testimonio a través de sus palabras o cartas de lo que ha sucedido, rellenando de este modo los huecos de la historia. Y por último, no quiero dejarme un recurso que le añade aún más atractivo a la novela, y es que como la historia nos la cuenta Walker, cuenta lo que quiere, de hecho, uno de los personajes involucrados niega posteriormente uno de los acontecimientos lo que nos hace dudar si sucedió realmente o no, e incluso si el resto de lo que nos cuenta es real o solo producto de su imaginación.


Rue Mazarine, Paris

Los que ya conocéis la prosa de Auster podéis imaginaros perfectamente el tipo de libro que es y, aunque os hayáis desencantado como yo con el autor, os animo a leerla, porque esta historia es diferente, es fresca y parece que revive a nuestro viejo Paul Auster, el que nos ha encandilado siempre con sus historias. A los que aún no os habéis animado con el autor os animo de verdad a hacerlo, no os arrepentiréis, si el autor tiene un gran don es que es un excelente contador de historias, que atrapa con sus tramas y personajes y que posee un dominio tal del lenguaje que escribe de maravilla sin por eso ser pesado, sino al contrario muy ágil y asequible. No os perdáis la oportunidad de disfrutar con Auster.

lunes, 26 de marzo de 2012

'Diario de Invierno' de Paul Auster

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Título: Diario de Invierno ( Winter Journal)
Autor: Paul Auster
Editorial: Anagrama (febrero 2012)
Año publicación: 2012
Páginas: 243
Precio: 18,90 euros

Hay algunos libros difíciles de recomendar, aunque nos hayan gustado, es el caso de Diario de Invierno de Paul Auster. Lo de disfrutado de una manera moderada, pero tengo claro que no es un libro que pueda gustar a todo el mundo. Para empezar, creo que es necesario ser seguidor del escritor norteamericano, haber leído varios libros suyos y haberlos disfrutado. Y aún en ese caso, tampoco creo que guste a todos los seguidores de Auster. Diario de Invierno es una recopilación que el autor hace de momentos de su vida, saltando del pasado al presente, sin orden cronológico y a veces de una manera totalmente desordenada. No podemos decir que estemos ante una biografía al uso, Auster nos cuenta retazos de lo que ha sido su vida, momentos, dirigiéndose en segunda persona al lector, increpándole, llamándole para que de ese modo recuerde junto a él su propia vida. Y es que justo eso ha sido lo que más me ha gustado del libro, por ejemplo, mientras Auster nos enumera todas y cada una de las viviendas en las que ha habitado a lo largo de su vida, me encontraba a mí misma enumerando las mías; cuando recordaba las heridas que han dejado marcas en su cuerpo (cicatrices tanto físicas como emocionales), me encontraba parando la lectura y recorriendo las mías. Por un lado, sí, nos encontramos ante una biografía que sacia esa curiosidad que nos lleva a querer saber más de un autor que nos gusta, pero por otra, se acerca más a un libro sensorial y emocional, en el que el autor apela a las experiencias que al final son iguales en todo ser humano: la infancia, el paso a la adolescencia y juventud, el primer amor, la primera gran decepción, sus matrimonios, hijos, el paso a la edad adulta, el camino a la tercera edad, sueños conseguidos, otros rotos por el camino... Al final, con todas nuestras diferencias y nuestra tan defendida individualidad, los seres humanos somos terroríficamente parecidos, con lo que, leer Diario de invierno es leer un poco nuestro propio diario vital.

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Mi ejemplar firmado por Paul Auster

Por supuesto, también tenemos curiosidades sobre la vida de Auster, como los años que pasó viviendo en París de joven, cuando aún no era famoso, malviviendo en cuartos diminutos; o el accidente de coche que no acabó de milagro con su vida y la de su familia; las relaciones tormentosas entre los distintos miembros de su familia; los viajes que ha hecho; y esencialmente, su proceso creativo. Ya que inevitablemente un escritor vuelca mucho de su vida en sus libros, los lectores habituales de Auster encontrarán en el relato de su vida muchos personajes y situaciones de sus libros, algunos nos los especificará el propio autor (en qué momento comenzó a escribir determinada novela o de dónde sacó alguna idea para la misma), pero en otras ocasiones, seremos nosotros mismos los que tendremos que ir encontrando esas pistas sin ayuda, y esos sin duda son los mejores momentos del libro: ir encontrando referencias veladas o personajes ocultos en el relato de la historia de su vida.

Paul Auster junto a su mujer, también escritora, Siri Hustveldt y su hija Sophie

A pesar de que me ha gustado conocer más a Paul Auster persona, y que he disfrutado recordando gracias a él pasajes de mi propia vida, a pesar de que el tono nostálgico y el final del libro me han hecho sonreír como me sucede siempre que me encuentro literariamente con Auster, a este libro le pondría un aprobado por los pelos. Y es que, por una parte, cuesta entrar en esa dinámica que se ha marcado de continuos saltos temporales, de contar unas cosas y de repente pasar a otras que no tienen nada que ver, volver de nuevo varias veces a algo que nos ha contado ya, o no ahondar en ciertas cosas que cuenta de pasada. Se diría que Auster, como les sucede a muchos de sus personajes, nos va contando una historia conforme le va viniendo a la cabeza, desordenada, incongruente, tal y como es nuestra caprichosa memoria. Como técnica literaria no está mal, pero como digo, cuesta un poco seguirle el ritmo, al igual que ese apelarse a sí mismo, con esa segunda persona que resulta algo desconcertante y en ocasiones hasta cansina.

"Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro".

El hecho de que sea un libro limitado a un público tan concreto (aquellos que ya han leído sus novelas y que además disfrutan leyéndole) le resta a mi parecer también puntos. Está claro que no se trata ni de lejos de la mejor obra de Auster, es más bien un pequeño capricho para sus lectores incondicionales, para aquellos que queremos conocerle más a fondo, para aquellos que tenemos que leer todo lo que ha escrito. En ese caso, es un libro perfecto. No dejará gran huella, pero se disfruta, como digo, de una manera moderada. A los demás, a los que aún no os habéis adentrado en las maravillosas novelas de Auster, os envidio profundamente, porque aún recuerdo la impresión tan profunda que tuve al leer por primera vez El país de las últimas cosas, Leviatán o La música del azar, mis tres favoritos en ese orden. Libros que no se han apartado ni por un momento de mi memoria, con los que disfruté muchísimo cuando los leí, pero que sigo disfrutando cada vez que los recuerdo. Si aún no habéis leído a Auster, no sé qué estáis esperando, id a por él, disfrutadlo, conocedle, enamoraos de sus libros. Y si después de eso aún queréis más, aún os quedará este Diario de Invierno.

viernes, 24 de febrero de 2012

Fotografías de Lewis Hine y pinturas de Odilon Redon en la Fundación Mapfre. Firma de libros de Paul Auster

Niño de la calle (1910)

Comienza la temporada de exposiciones imprescindibles en Madrid, como la de Marc Chagall, de la que de momento sólo he visto la mitad que tienen en la Fundación Caja Madrid. En cuanto vea la otra parte del Museo Thyssen os comentaré aquí qué me ha parecido, aunque puedo adelantaros ya que es una auténtica maravilla y quien pueda no debería perdérsela. La muestra fotográfica de Lewis Hine que nos trae la Fundación Mapfre es otra imprescindible, especialmente para todos aquellos que amamos la fotografía. En mi caso, además, se trata de uno de esos fotógrafos-icono que tengo siempre en mente y que me entusiasma contemplar una y otra vez.

Patio de juegos en un pueblo industrial (1909)

Lewis Hine nació en Wisconsin en 1974 y murió en Nueva York en 1940, sus fotografías son ya todo un clásico, algunas de ellas os sonarán sin duda. Precursor de muchos otros que vinieron después (como por ejemplo Walker Evans), sus imágenes fueron un instrumento de denuncia y concienciación social sobre las penosas condiciones laborales y económicas en las que vivían muchos en la época, haciendo especial hincapié en la explotación infantil.

Niño recolector de algodón (1913)

La muestra está compuesta por unas 170 fotografías, en su mayoría vintage, procedentes de la George Eastman House. Podemos hacer un viaje a través de ellas desde sus primeras imágenes, tomadas de forma autodidacta con una sencilla cámara de fuelle, con la que retrató la llegada de inmigrantes a la isla de Ellis a principios del siglo XX. Allí se encontraba uno de los centros de recepción de inmigrantes, y en estas imágenes de pobreza, miedo y desesperación, podemos encontrar algo que será una constante en su fotografía: el respeto y la humanización de sus retratados, captando al individuo que hay detrás de cada situación que quería denunciar.

Familia italiana buscando equipaje perdido (1905)

En 1908 decidió dejar la enseñanza para dedicarse plenamente a la fotografía y denunciar las condiciones tan precarias en las que la gran depresión del 29 había sumido a muchos. De la llegada de los inmigrantes pasó a sus viviendas míseras e insalubres en las que se hacinaban familias enteras, así como las condiciones infrahumanas en las que tenían que trabajar para poder salir adelante.

Niño que perdió un brazo manejando una sierra en una fábrica de cajas (1909)

Comenzó a trabajar como fotógrafo oficial para la National Child Labor Committee, una organización creada para combatir el empleo infantil. Durante esos años se dedicó a documentar el trabajo infantil en campos, minas, fábricas, como recolectores de algodón, vendiendo periódicos... Reconozco que mis favoritas han sido las abundantes imágenes dedicadas a los niños, a pesar de su miseria, de las duras condiciones de trabajo y de vida que llevaban todos ellos tienen un destello de esperanza y optimismo en su mirada, una valentía y coraje que Hine supo retratar muy bien.

Niño de una casa de vecindad, Chicago 1910
Tras la I Guerra Mundial Hine viajó a Europa para dejar constancia de las duras condiciones de vida de los refugiados y las consecuencias de la guerra, lo que ayudó a la Cruz Roja a obtener las subvenciones necesarias para darles ayuda humanitaria. Allí los niños vuelven a ser el centro de muchas de sus imágenes, pequeños vagabundos que malviven en las calles de las ciudades.

Golfillo de París (1918)

De vuelta de su primera y única experiencia europea, regresa a Nueva York, donde volvió su mirada al mundo del trabajo, pero esta vez para retratar su cara más amable: el trabajo como un elemento que dignifica al ser humano, en una exaltación del trabajo y los trabajadores, en medio de una auténtica revolución industrial en la que la máquina no es nada sin el trabajo del hombre.

Mecánico en una bomba de vapor de una central eléctrica (1920)

Esta serie dedicada al trabajo culminaría con sus popularísimas imágenes sobre la construcción del Empire State de Nueva York, en las que, para tomar algunas de las espectaculares imágenes, no dudó en hacerse descolgar a 400 metros de altura.

Ícaro sobre el Empire State Building (1931)

En los últimos años de su vida, los cambios sociales y políticos hicieron que su trabajo quedase en cierto modo obsoleto, teniendo cada vez menos encargos, por lo que acabaría dependiendo de la beneficencia. Las ayudas sociales ya no dependían de la buena voluntad de las donaciones privadas, motivadas muchas veces por las fotografías que tomaba Hine, sino que ese papel comenzaron a llevarlo a cabo las agencias gubernamentales del New Deal. A pesar de que trató de seguir en activo como freelance, y de que en 1939 se realizó una gran retrospectiva de su obra en el Riverside Museum de Nueva York, en la que se le reivindicaba como fotógrafo visionario e innovador, en 1940 murió en la más absoluta pobreza.

Esperando a que abra el dispensario. Distrito de Hull House, Chicago (1910)

La muestra puede verse hasta el 29 de abril en la Fundación Mapfre (paseo de Recoletos, 23) los lunes de 14 a 20 horas; de martes a sábados de 10 a 20 horas; y los domingos y festivos de 11 a 19 horas. Además, hasta la misma fecha puede verse también en la misma Fundación la muestra Odilon Redon (1840-1916), una interesante retrospectiva sobre este pintor, menos masivamente conocido que sus contemporáneos los impresionistas, totalmente original y alejado de ellos. 

Araña sonriente (1881)

Precursor de los movimientos surrealistas, de la utilización del subconsciente y de lo onírico, muy influenciado por Goya o por los relatos oscuros de Edgar Allan Poe, es a su vez influencia clave para los simbolistas y los nabis. Podemos ver 170 obras procedentes del Musée d'Orsay, el Gemeentemuseum de La Haya, el Rijksmuseum de Ámsterdam, el Museo de Bellas Artes de Burdeos, el Staatliche Kunsthalle de Karlsruhe y de colecciones particulares. Podéis ver más de ambas exposiciones en este vídeo.





Y aunque os hablaré más extensamente de ello cuando haga la reseña (estoy segura de que no voy a tardar mucho, estoy deseando devorar el libro), no puedo dejar de haceros un adelanto de la firma de libros que tuvo lugar ayer en Fnac Castellana con... ¡PAUL AUSTER! Estoy emocionadísima, de hecho, lo primero que he hecho esta mañana al levantarme ha sido comprobar que seguía ahí la firma. Además de tener mi ejemplar de Diario de invierno, su última novela, firmada, pude disfrutar de toda la ambientación neoyorquina que organizaron en la tienda. Hay que decir que Fnac se portó fenomenal, además de una banda de jazz en directo, repartieron durante toda la tarde pastelería con un aire muy neoyorquino (muffins, cookies, tarta de manzana...), lo que se agradecía después de las más de dos horas de cola que nos tocó esperar, y que en mi caso por lo menos, valieron realmente la pena.

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Paul Auster firmando mi libro

miércoles, 21 de diciembre de 2011

'El Palacio de la Luna' de Paul Auster

  
Título: El Palacio de la Luna (Moon Palace)
Autor:  Paul Auster
Editorial: Biblioteca Anagrama (2009)
Año de publicación: 1989
Páginas: 310

Mi primer encuentro con Paul Auster no pudo ser mejor, ya había visto las geniales películas Smoke y Blue on the Face, y mi primera novela de este autor fue El país de las últimas cosas a la que le siguió Leviatán, ambas siguen siendo mis favoritas del escritor norteamericano. Después de unos libros tan increíbles, que me trasladaron literalmente dentro del libro, le siguió una fiebre total austeriana por la que en poco tiempo leí La música del azar, Mr. Vértigo y El libro de las ilusiones que seguían fascinándome. Sin embargo, de repente, y sin previo aviso, La trilogía de Nueva York, La noche del oráculo, Brooklyn follies, Viajes por el scriptorium y Un hombre en la oscuridad, me hicieron perder la fe en él. Ya veis que me costó renunciar a este escritor, he leído prácticamente todo lo que ha escrito y pese a las decepciones, nunca he terminado de rendirme con él, siempre he pensado que volvería aquel Auster que me enamoró con sus historias. Esta última tanda de libros me pareció repetitiva, cada vez más igual, tan achacosa y acabada como sus personajes de viejos sin futuro. He tardado mucho en volver a coger una obra de Auster, años, de hecho, le había dado por perdido, y aún así me he animado con un libro más suyo, con El Palacio de la Luna, publicado en 1989 cuando Auster aún era aquel maravilloso Auster del que me enamoré. Y aunque me ha gustado, he de decir que creo que ese Auster ya no volverá a mí, algo se ha roto en nuestra conexión autor-lectora.

Saul Leiter, Red Umbrella (1957)

El Palacio de la Luna, aunque tiene varios escenarios espaciales y temporales, nos sitúa principalmente en el Nueva York de los años 60: "Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna", comienza la novela, y de hecho, la luna estará continuamente presente en el relato de forma figurada o real, a lo largo de la continua huida hacia delante del protagonista, M.S. Fogg, un joven en busca de su identidad, ya sea como estudiante universitario, como mendigo en Central Park, conviviendo con la pequeña Kitty Wu o trabajando para el excéntrico señor Effing. M.S. Fogg es un personaje cien por cien austeriano, lleno de contradicciones, dejándose llevar por los acontecimientos, comienzan los relatos dentro del relato, como si abriéramos una caja y encontráramos otra en su interior, que alberga una nueva caja. Todas esas historias, aparentemente sin relación, van tejiéndose entre sí hasta encontrarse y tocarse puntos que en principio deberían estar alejados. Gracias a la entrada de LilVia en su blog he descubierto además que Auster se vale de personajes y escenarios reales que ensambla a la perfección en sus novelas con sus creaciones de ficción, creando así un mundo paralelo al nuestro en el que ambos, reales e imaginados, conviven.

Saul Leiter, Taxi (1957)

El libro, en general, me ha gustado, Auster es un gran contador de historias, como comentaba en twitter donde hemos hecho lectura conjunta, es como si te sentaras en la barra de un bar con un amigo parlanchín un poco pasado de copas, es divertido, es ágil, su prosa nos lleva por donde quiere, sus historias son únicas, llenas de azar, de encuentros y desencuentros, de reencuentros, de casualidades que no lo son tanto, sus relatos están llenos de magia. Auster consigue construir un mundo muy sencillo y complejo a la vez, plagado de personajes inolvidables como el tío Víctor, Kitty Wu, el señor Effing, Zimmer o Barber, personajes que se mueven entre lo real y lo irreal, con historias increíbles detrás que permitirían desarrollar un nuevo libro para cada uno de ellos. Pero como digo, esa gran magia, ese flechazo que tuve con los primeros libros que leí de él no ha vuelto a suceder. Puede ser saturación; (aunque lo dudo porque llevaba tiempo sin leer nada suyo) puede que ya no pueda encandilarme con más historias, como un viejo narrador parece que ha agotado ya todos sus trucos conmigo, me los conozco demasiado bien, resultan repetitivos, y cuando intenta algo nuevo, nunca está a la altura de lo que hizo antes. Quizá le exija demasiado a Auster, esta entrada no es para desanimaros a la hora de leer El palacio de la luna, leedlo, por favor, es un libro único y lleno de magia, os gustará, pero es que creo que a mí con Auster me ha pasado como cuando te desenamoras de una persona, ya no hay vuelta atrás.

Saul Leiter, Walk with Soames (1958)

Buscando imágenes con las que ilustrar la entrada, me topé con el magnífico fotógrafo estadounidense Saul Leiter, al primer vistazo, sus fotografías me cautivaron y supe al instante que encajarían a la perfección con el mundo un tanto onírico de El palacio de la Luna. Quizá no sean las imágenes más representativas de Nueva York, pero si son las imágenes de la ciudad que veo en mi mente al leer a Auster. Como ya os he comentado más arriba, hemos hecho lectura conjunta de este libro (si queréis apuntaros a cualquiera de las lecturas conjuntas que hacemos tan sólo tenéis que ir a la página Café literario en Facebook o en twitter a través de nuestros perfiles), así que si queréis saber qué opinión les ha merecido este libro a mis compañeras de lectura, tan solo tenéis que seguir los enlaces a sus respectivos blogs donde irán publicando las reseñas.

El blog de Lahierbaroja
libro-génica
Leer sin prisa
LilVia

miércoles, 11 de febrero de 2009

Auster: Un hombre en la oscuridad



He sido siempre una fiel seguidora de Paul Auster, podría decirse que he leído prácticamente toda su producción. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, me pasa un fenómeno que no acabo de comprender: me cansa. No sé si es por haber leído mucho de él -que no creo porque no me sucede con otros escritores-, o porque ha perdido ese nosequé que tenía en sus primeras novelas. Un hombre en la oscuridad me ha gustado y no me ha gustado. No me ha gustado porque Auster, como viene haciendo en sus últimas obras, encadena historias -muy interesantes, eso sí-, sin ningún tipo de conexión entre ellas, y las termina abruptamente o con finales apresurados. Auster, a tenor de lo visto, debería dedicarse a escribir relatos cortos, ya que su imaginación es imparable, y en las intenciones también. Las historias enganchan y son muy interesantes, pero me da la sensación que una vez iniciadas pierde el hilo del relato, y no sabe ni cómo desarrollarlas, ni como concluirlas. Además, la idea de meter en una novela seis o siete historias diferentes sin ningún tipo de conexión real entre ellas es un tanto descabellado. Lo que me ha gustado, que al final el libro deja un muy buen sabor de boca, después de tanto desvarío, en tan sólo unas cuantas páginas, Auster se reconcilia con el lector, creando un final inesperado y durísimo muy pegado a la actualidad.
Quizá no recuperemos jamás al Auster de La música del azar o Leviatán, pero quizá también es demasiado pronto para desahuciar a un escritor que nos ha hecho pasar tan buenos momentos.