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viernes, 24 de febrero de 2012

Fotografías de Lewis Hine y pinturas de Odilon Redon en la Fundación Mapfre. Firma de libros de Paul Auster

Niño de la calle (1910)

Comienza la temporada de exposiciones imprescindibles en Madrid, como la de Marc Chagall, de la que de momento sólo he visto la mitad que tienen en la Fundación Caja Madrid. En cuanto vea la otra parte del Museo Thyssen os comentaré aquí qué me ha parecido, aunque puedo adelantaros ya que es una auténtica maravilla y quien pueda no debería perdérsela. La muestra fotográfica de Lewis Hine que nos trae la Fundación Mapfre es otra imprescindible, especialmente para todos aquellos que amamos la fotografía. En mi caso, además, se trata de uno de esos fotógrafos-icono que tengo siempre en mente y que me entusiasma contemplar una y otra vez.

Patio de juegos en un pueblo industrial (1909)

Lewis Hine nació en Wisconsin en 1974 y murió en Nueva York en 1940, sus fotografías son ya todo un clásico, algunas de ellas os sonarán sin duda. Precursor de muchos otros que vinieron después (como por ejemplo Walker Evans), sus imágenes fueron un instrumento de denuncia y concienciación social sobre las penosas condiciones laborales y económicas en las que vivían muchos en la época, haciendo especial hincapié en la explotación infantil.

Niño recolector de algodón (1913)

La muestra está compuesta por unas 170 fotografías, en su mayoría vintage, procedentes de la George Eastman House. Podemos hacer un viaje a través de ellas desde sus primeras imágenes, tomadas de forma autodidacta con una sencilla cámara de fuelle, con la que retrató la llegada de inmigrantes a la isla de Ellis a principios del siglo XX. Allí se encontraba uno de los centros de recepción de inmigrantes, y en estas imágenes de pobreza, miedo y desesperación, podemos encontrar algo que será una constante en su fotografía: el respeto y la humanización de sus retratados, captando al individuo que hay detrás de cada situación que quería denunciar.

Familia italiana buscando equipaje perdido (1905)

En 1908 decidió dejar la enseñanza para dedicarse plenamente a la fotografía y denunciar las condiciones tan precarias en las que la gran depresión del 29 había sumido a muchos. De la llegada de los inmigrantes pasó a sus viviendas míseras e insalubres en las que se hacinaban familias enteras, así como las condiciones infrahumanas en las que tenían que trabajar para poder salir adelante.

Niño que perdió un brazo manejando una sierra en una fábrica de cajas (1909)

Comenzó a trabajar como fotógrafo oficial para la National Child Labor Committee, una organización creada para combatir el empleo infantil. Durante esos años se dedicó a documentar el trabajo infantil en campos, minas, fábricas, como recolectores de algodón, vendiendo periódicos... Reconozco que mis favoritas han sido las abundantes imágenes dedicadas a los niños, a pesar de su miseria, de las duras condiciones de trabajo y de vida que llevaban todos ellos tienen un destello de esperanza y optimismo en su mirada, una valentía y coraje que Hine supo retratar muy bien.

Niño de una casa de vecindad, Chicago 1910
Tras la I Guerra Mundial Hine viajó a Europa para dejar constancia de las duras condiciones de vida de los refugiados y las consecuencias de la guerra, lo que ayudó a la Cruz Roja a obtener las subvenciones necesarias para darles ayuda humanitaria. Allí los niños vuelven a ser el centro de muchas de sus imágenes, pequeños vagabundos que malviven en las calles de las ciudades.

Golfillo de París (1918)

De vuelta de su primera y única experiencia europea, regresa a Nueva York, donde volvió su mirada al mundo del trabajo, pero esta vez para retratar su cara más amable: el trabajo como un elemento que dignifica al ser humano, en una exaltación del trabajo y los trabajadores, en medio de una auténtica revolución industrial en la que la máquina no es nada sin el trabajo del hombre.

Mecánico en una bomba de vapor de una central eléctrica (1920)

Esta serie dedicada al trabajo culminaría con sus popularísimas imágenes sobre la construcción del Empire State de Nueva York, en las que, para tomar algunas de las espectaculares imágenes, no dudó en hacerse descolgar a 400 metros de altura.

Ícaro sobre el Empire State Building (1931)

En los últimos años de su vida, los cambios sociales y políticos hicieron que su trabajo quedase en cierto modo obsoleto, teniendo cada vez menos encargos, por lo que acabaría dependiendo de la beneficencia. Las ayudas sociales ya no dependían de la buena voluntad de las donaciones privadas, motivadas muchas veces por las fotografías que tomaba Hine, sino que ese papel comenzaron a llevarlo a cabo las agencias gubernamentales del New Deal. A pesar de que trató de seguir en activo como freelance, y de que en 1939 se realizó una gran retrospectiva de su obra en el Riverside Museum de Nueva York, en la que se le reivindicaba como fotógrafo visionario e innovador, en 1940 murió en la más absoluta pobreza.

Esperando a que abra el dispensario. Distrito de Hull House, Chicago (1910)

La muestra puede verse hasta el 29 de abril en la Fundación Mapfre (paseo de Recoletos, 23) los lunes de 14 a 20 horas; de martes a sábados de 10 a 20 horas; y los domingos y festivos de 11 a 19 horas. Además, hasta la misma fecha puede verse también en la misma Fundación la muestra Odilon Redon (1840-1916), una interesante retrospectiva sobre este pintor, menos masivamente conocido que sus contemporáneos los impresionistas, totalmente original y alejado de ellos. 

Araña sonriente (1881)

Precursor de los movimientos surrealistas, de la utilización del subconsciente y de lo onírico, muy influenciado por Goya o por los relatos oscuros de Edgar Allan Poe, es a su vez influencia clave para los simbolistas y los nabis. Podemos ver 170 obras procedentes del Musée d'Orsay, el Gemeentemuseum de La Haya, el Rijksmuseum de Ámsterdam, el Museo de Bellas Artes de Burdeos, el Staatliche Kunsthalle de Karlsruhe y de colecciones particulares. Podéis ver más de ambas exposiciones en este vídeo.





Y aunque os hablaré más extensamente de ello cuando haga la reseña (estoy segura de que no voy a tardar mucho, estoy deseando devorar el libro), no puedo dejar de haceros un adelanto de la firma de libros que tuvo lugar ayer en Fnac Castellana con... ¡PAUL AUSTER! Estoy emocionadísima, de hecho, lo primero que he hecho esta mañana al levantarme ha sido comprobar que seguía ahí la firma. Además de tener mi ejemplar de Diario de invierno, su última novela, firmada, pude disfrutar de toda la ambientación neoyorquina que organizaron en la tienda. Hay que decir que Fnac se portó fenomenal, además de una banda de jazz en directo, repartieron durante toda la tarde pastelería con un aire muy neoyorquino (muffins, cookies, tarta de manzana...), lo que se agradecía después de las más de dos horas de cola que nos tocó esperar, y que en mi caso por lo menos, valieron realmente la pena.

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Paul Auster firmando mi libro

lunes, 26 de septiembre de 2011

'Viaje de invierno' de Amélie Nothomb


Título: Viaje de invierno (Le Voyage d'hiver)
Autor: Amélie Nothomb
Editorial: Anagrama (marzo 2011)
Año de publicación: 2009
Páginas: 128
Precio: 13 euros 


Me declaro seguidora de la genial escritora belga Amélie Nothomb. Por aquí ya habréis visto algunos libros suyos que me han entusiasmado como Ni de Eva ni de Adán, Estupor y Temblores o Antichrista, pero no soy una incondicional. Por ejemplo, no me gustó nada Biografía del hambre, y ya os aviso que este Viaje de invierno, su última novela publicada, aunque me ha gustado, no ha despertado en mí el entusiasmo de otras novelas suyas. Tampoco han ayudado las circunstancias, ya que he leído el libro a trompicones, teniendo que dejar su lectura muchas veces por cosas del mundo real, con lo que volver a meterme en el mundo irracional y loco de Amélie me costaba el doble, así que quizá mi opinión sobre este libro no sea del todo objetiva y venga determinada por el momento y situación en que lo he leído. Aún así, los que ya conocéis a Amélie Nothomb sabéis que su estilo es muy fresco y directo, con frases cortas y un lenguaje muy coloquial y asequible, eso, unido a que sus novelas suelen ser muy breves, hacen que su lectura sea muy rápida y cómoda. Lo mismo sucede con este libro, que a pesar de las circunstancias, he devorado en poco tiempo.

Imagen: Domingo Alemán (http://www.domingoaleman.es/)

París. La torre Eiffel como emblema del amor y como la A más significativa de la ciudad de la luz. Un triángulo que no es amoroso. Un terrorista suicida por amor. Las piezas que Amélie crea pueden parecer a simple vista difíciles de encajar, pero encajan. Un hombre espera en un aeropuerto, quiere hacer estallar un avión en pleno vuelo contra la torre Eiffel. Lo hace movido por el amor hacia Astrolabio, una mujer que no puede corresponderle por culpa de la relación de mutua dependencia que vive con la escritora de la que se ocupa y a la que cuida: Aliénor, glotona, un tanto retrasada y con un comportamiento totalmente asocial que convierte esta relación en una dependencia total. Aliénor crea libros sorprendentes que no es capaz de escribir por ella misma, sino que necesita dictar a Astrolabio: amiga, cuidadora, casi una hermana. Amélie Nothomb retrata de este modo, con mucho humor y mucha mala intención hacia sí misma su extraña relación con su hermana y sus propias manías y defectos. Aunque el protagonista que nos cuenta la historia es en esta ocasión un hombre, Zoilo, el terrorista suicida, Amélie no puede evitar retratarse en esa escritora obesa y dependiente, alejada de la realidad y convertida en un estorbo para la felicidad de su hermana-cuidadora Astrolabio. Uno de los fallos de la novela ha sido ese querer hablar en boca de un hombre, si se ha leído anteriormente a Nothomb, es inevitable pensar todo el rato en ella, y el hecho de ceder la voz a ese protagonista masculino, queda algo forzado. Aunque Amélie nos quiera hacer creer que el que habla es Zoilo, la que habla es indudablemente Amélie.



La obra de Amélie Nothomb se divide entre sus novelas más autobiográficas y aquellas totalmente ficticias, como es este caso, aunque como digo, hay algunos toques de la vida de la autora. Como la gran mayoría de sus lectores, me decanto más por las autobiográficas, en las que la separación entre realidad y ficción es tan sutil que son imposibles de separar. En Viaje de invierno, aunque aparecen muchas referencias propias, la historia gira en torno a un amor imposible, y a las reflexiones en torno a la vida que tanto le gustan a la autora. De este modo, la novela, aunque entretiene no acaba de cuajar, le falta algo, un hilo conductor más sólido, un desenlace que nos fascine, una historia, en definitiva. Ya que más que una historia, Viaje de invierno parece más bien un conjunto de retazos, de momentos que viven los personajes y a los que asistimos. Eso si, los personajes de la novela son lo mejor de la misma, y consiguen arrancarnos más de una sonrisa, que no carcajada, con sus comportamientos un tanto desequilibrados. Como habréis podido ver más arriba, el título de la novela hace referencia al Viaje de invierno de Franz Schubert, un conjunto de preciosos lieder que el compositor creó a partir de poemas de Wilhelm Müller, y del que he seleccionado El tilo (Der Lindenbaum), una de las canciones más famosas del ciclo.


**Para terminar quería agradeceros esos algo más de 300 seguidores que ha alcanzado ya el blog. Sé que siempre se dice lo mismo, pero es cierto que cuando empecé con esto jamás imaginé que llegaría a esta cifra y que a alguien pudiera interesarle lo que escribo aquí. Como cuentan muchos blogueros, yo también tuve mi momento de querer echar el cierre cuando nadie entraba a comentar, hasta que un día, poco a poco, muchos de vosotros os fuisteis acercando hasta aquí, dejando vuestras opiniones y haciéndoos seguidores del blog. ¡Muchísimas gracias a todos!