Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba...(En Camino)
84 Charing Cross Road de Helene Hanff es una de las obras más curiosas con las que me he topado. La escritora, que vivía en Nueva York, descubrió durante los años posteriores a la II Guerra Mundial un anuncio de una librería londinense -situada en el número 84 de Charing Cross Road- donde vendían ediciones rarísimas de libros de segunda mano a un precio módico. Decidió ponerse en contacto con ellos, y de este modo, comenzó una activa correspondencia con uno de los libreros, Frank Doel, y otros miembros de la librería, así como con la mujer de Frank, Nora. Lo que empieza como una correspondencia puramente formal para pedir libros por encargo, va fluyendo lentamente y de manera natural hasta desembocar en una profunda amistad y admiración mutua entre dos personas que aman los libros y la literatura más que a cualquier otra cosa del mundo. La situación de Londres, todavía con racionamiento y con las devastadoras consecuencias de la guerra muy presentes, se hace palpable a través de los obsequios -en forma de alimentos y medias para las mujeres- que Helene hace a sus amigos del otro lado del Atlántico. Y en medio de todo ello, una inmensa melancolía, por la promesa de ese viaje que la escritora siempre tiene previsto hacer a Londres, y siempre pospuesto por las circunstancias de la vida. Parece increíble que algo así pueda ser real, pero lo es. Años después, una editorial decidió publicar tal y como estaba esta singular correspondencia, con un éxito sin precedentes que desembocó en una obra de teatro y en una popular película protagonizada por Anthony Hopkins y Anne Bancroft. Una obra singular, pero imprescindible.
Siempre digo que no hay nada que me produzca más placer y alegría en esta vida que encontrarme de repente, así por las buenas y sin esperarlo, con una pequeña sorpresa literaria. A veces son grandes obras maestras de la literatura, otras simplemente pequeñas joyas, pero al pasar la última página y cerrar el libro, me invade una alegría tonta y sencilla, como si hubiese encontrado un tesoro o un secreto que sólo me pertenece a mí. En esta ocasión ha sido una pequeña joya, una novela simple y breve, pero de una sinceridad y autenticidad impresionantes. El frío modifica la trayectoria de los peces, primera novela del canadiense Pierre Szalowski, cuenta la historia de un niño que, abrumado por la separación de sus padres pide desesperado al cielo que lo impida. La respuesta viene en forma de una de las tormentas de hielo más espectaculares que haya vivido nunca Quebec, sin embargo, ésta, en vez de incomunicar a los vecinos del edificio donde vive el niño, les une, y les hace comprender la importancia de valores tan básicos como la amistad, la esperanza, los sueños o el amor. La historia está narrada con un estilo sencillo pero conmovedor, lo mejor de todo son sus protagonistas, y cómo Szalowski consigue meterse en la mente de un niño de una manera realista, sin recurrir a esos falsos retratos que se suelen hacer de ellos. Entre estos protagonistas encontramos personajes tan variopintos como una bailarina de striptease que nunca ha conocido el amor, un científico ruso que vive ensimismado en sus investigaciones sobre la trayectoria de los peces, un padre alcohólico y su hijo en permanente lucha con el mundo, una pareja de homosexuales que no se atreven a proclamar al mundo lo que son, y unos padres desencantados con la vida y el amor. Pocas veces he disfrutado tanto con un libro, que no intenta vendernos ningún mensaje, solamente hablarnos de cómo es la vida, sencilla y llena de ternura, siempre que uno quiera que sea así.
A raíz de mi vicio insano con la serie Los Tudor, y a la espera de que estrenen en abril la cuarta y última temporada, he decidido ahondar en la figura de Enrique VIII, y tapar así mis muchas lagunas en temas históricos, como digo siempre, ando un poco pez en historia. Para ello, nada mejor que la biografía Enrique VIII de Henri Suhamy, una obra no demasiado extensa y concisa, que va al grano del asunto en cada momento, aunque contextualizando la realidad social, religiosa, política y cultural de cada etapa de la vida de este rey. Suhamy es profesor de la universidad París X, y se nota su estilo pedagógico, aunque sin querer dar lecciones ni juzgar a un monarca del que es difícil no emitir una opinión personal. Aunque el libro no está en absoluto novelado, y se presentan los hechos en ocasiones de una manera un tanto árida, la concisión de los mismos, y su desglose en capítulos bien estructurados, hacen que su lectura sea más ágil de lo que cabría esperar de un libro de estas características. Además, la obra nos contextualiza el inicio de la dinastía de los Tudor, aportando genealogías de cada uno de los personajes principales para no perdernos en los intrincados vericuetos de matrimonios, en muchas ocasiones, entre familiares, y ofrece al final una breve recopilación de los últimos Tudor, los hijos de Enrique VIII: Eduardo, María e Isabel, con los que murió la dinastía.
Claude Monet. Nenúfares, 1916-1919 El Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid vuelven a brindarnos la oportunidad de ver una gran exposición dividida en los dos edificios que poseen cada una de sus sedes. En esta ocasión nos acercan la obra del gran pintor impresionista Monet como referente de los movimientos abstractos que vinieron después, y de hecho, después de ver "Monet y la abstracción", se puede asegurar que Monet fue un auténtico precursor y un pionero en la abstracción. Cuando pensamos en el pintor francés casi siempre nos vienen a la memoria sus famosos nenúfares -que también están presentes en la exposición- o sus pinturas al aire libre de colores pastel y amplias pinceladas, sin embargo, es su obra abstracta la que más nos llama la atención. Primero, porque parece increíble que anticipara éste movimiento, y segundo, porque viendo sus cuadros junto a los de autores contemporáneos, vemos que los suyos son aún más modernos y arriesgados. Monet fue totalmente ninguneado durante el movimiento de las vanguardias, sin embargo, a partir de los años 50, los expresionistas abstractos norteamericanos y los informalistas europeos lo reivindicaron y encumbraron como padre de la modernidad.
En el sentido de las agujas del reloj: Puente japonés 1918-1924), Sauce llorón (1918,1919), Marina El Havre (1866) y Puesta de sol en Étretat (1883), todas de Claude MonetEn el Thyssen-Bornemisza podemos encontrar además de las obras del maestro Monet, otras de Gerhard Richter, Hans Hoffmann, Mark Rothko, Adolf Gottlieb, Helen Frankenthaler y Jackson Pollock, entre otros. En la Fundación Caja Madrid podemos disfrutar de las obras que el pintor realizó en el jardín de Giverny, diseñado por él mismo, y que se convirtió en lugar posterior de peregrinaje de muchos artistas que quisieron plasmar también en sus obras esos maravillosos jardines como Ellsworth Kelly, Sam Francis o Zao Wou-Ki. Además, diversas fotografías y un vídeo nos muestran a Monet trabajando en su jardín.
Fragmentos de: André Masson, La primavera se acerca (1957); Gerhard Richter, Pintura abstracta, lago (1997); Sam Francis, Pintura (1957); Gerhard Richter, Paisaje Marino (nublado) (1969); Jackson Pollock, Número 9 (1949); Adolph Gotlieb, Consecuencias (1959); Mark Rothko, Negro, rojo y negro (1968); Helen Frankenthaler, Lorelei (1957).